Estrellas fugaces, meteoros y meteoritos
Por esas casualidades de la vida, la última entrada de este blog fue sobre reentradas en nuestra atmósfera, y esta semana, en uno de los episodios de CSI aparece una lluvia de estrellas, algo que tiene mucho que ver. En el episodio en cuestión, se mostraba de vez en cuando un plano en el que se veía el cielo estrellado, surcado por un caudal más o menos constante de estrellas fugaces. Dichos planos eran bastante artificiales, y no por que se notara el montaje (que cantaba un poco, todo hay que decirlo), sino porque las trayectorias de las estrellas no eran coherentes. En algunos casos, podíamos ver trazas paralelas y divergentes a la vez.
En alguna otra ocasión he comentado qué es una lluvia de estrellas y por qué se produce. Hoy entraré más en detalle. Veamos, supongo que la mayoría de la gente sabe que una estrella fugaz no es un estrella propiamente dicha, sino un pequeño objeto que se incinera al penetrar en nuestra atmósfera. Lo correcto es referirse a ellas como meteoros o meteoritos. Existe una sutil diferencia entre ambos. Un meteoro se consume completamente en la atmósfera, mientras que un meteorito consigue impactar en la superficie de nuestro planeta, dejando un bonito crater (bueno, ahora que lo pienso, puede que la diferencia no sea tan sutil, sobre todo si te cae cerca). El nombre puede llevar a confusión, ya que «meteorito» parece un diminutivo de «meteoro», y sin embargo un meteorito es normalmente más grande (o más masivo) que un meteoro, puesto que consigue llegar al suelo antes de consumirse por completo.
La mayor parte de las estrellas fugaces que vemos son meteoros. Existen determinadas fechas en las que se produce lo que se conoce como lluvia de estrellas. Esto sucede porque cruzando la órbita de la Tierra, hay rastros de polvo y hielo dejados por un cometas, de forma que nuestro planeta atraviesa una zona de más densidad de materia de lo habitual, y todos los restos que «pilla en el camino» penetran en nuestra atmósfera, desintegrándose de forma espectacular. Es importante hacer notar que es la Tierra la que se mueve y «embiste» esos restos, de forma que desde nuestra perspectiva, parece que todos vienen del mismo punto del cielo, que es hacia el que se dirige nuestro planeta en ese momento. Si alguna vez habéis viajado en coche en plena nevada, el efecto es muy similar. Parece que cientos de copos de nieve se dirigen hacia nosotros, emanando de un punto sitado delante del coche y trazando trayectorias divergentes a partir de ese punto (algo parecido al efecto de «salto al hiperespacio» en las pelis de Star Wars), pero en realidad somos nosotros los que embestimos los copos a gran velocidad.

Así que en una lluva de estrellas, todos los meteoros trazan trayectorias divergentes, que se cortan en un mismo punto. De hecho, se les da un nombre basado en la constelación donde esté ese punto. Así, las Perseidas, parecen provenir de un punto en la constelación de Perseo; las Leónidas, de Leo; y las Oriónidas, que son las que se mencionan en el episodio de CSI, de Orión. En el episodio, sin embargo, hay un plano en el que se ven dos trazas paralelas, bastante separadas entre sí, y entre ellas, una que no es paralela, por lo que es divergente con respecto a una y convergente con respecto a la otra. Algo así no podría ocurrir, a menos que el meteoro «discordante» no formara parte de la lluvia, y tuviera otro origen.
Hay otro detalle importante a tener en cuenta sobre los meteoros. La mayoría de las veces, se representan como puntos más o menos luminosos que se desplazan dejando un rastro más tenue, algo así como una bola de fuego en miniatura. Eso nos lleva a pensar que vemos el meteoro propiamente dicho, que está muy caliente y emite luz. Sin embargo, no siempre es así. Veamos, cuando el objeto que penetra en la atmósfera es muy pequeño, como por ejemplo del tamaño de un grano de arena, o una mota de polvo, la luz que vemos no procede de la incandescencia del objeto. Como recordaréis del artículo anterior, el aire se comprime a gran velocidad, elevando enormemente su temperatura. Además, también se ioniza, debido a que parte de la energía generada es utilizada para «arrancar» electrones a las moléculas de aire. Es decir, el aire se convierte en plasma. Y este plasma tan caliente emite luz, en parte por su temperatura, y en parte por la recombinación de electrones sueltos con las moléculas ionizadas que los han perdido.

Cuando el objeto es grande, la mayor parte de la luz viene de la incandescencia del propio objeto. Pero cuando es muy pequeño, es realmente el plasma de alrededor lo que vemos. Si alguna vez habéis disfrutado del fantástico espectáculo de una lluvia de estrellas, habréis visto que muchas de ellas no son puntos que se mueven, ni puntos que dejan una breve estela a su paso, sino únicamente la estela: una línea resplandeciente que se desplaza por el cielo durante unos segundos. El pequeño objeto que lo causa ni lo vemos, pero podemos apreciar sus efectos en el aire circundante. Incluso en el caso de ver un punto más o menos gordo, con una estela detrás, el punto gordo no es el objeto, sino el plasma que lo rodea, que parece lógico que esté más caliente en la zona delantera. De hecho, es más habitual que la zona más luminosa de la traza, esté un poco detrás de la cabeza.









