lunes, marzo 15, 2010

MalaCiencia cumple un lustro

Sí, ya sé que había dicho que el siguiente post lo dedicaría a las escalas en las que se mide la magnitud de un terremoto, pero hoy es un día especial, ya que hace cinco años que este blog vio la luz. Mirando un poco el histórico, veo que las visitas diarias siguen más o menos igual (si bien se han incrementado puntualmente, debido al aluvión de visitas recientes que recibe el post que dediqué al HAARP), al igual que la periodicidad de un post semanal (aunque a veces me salte alguna semana), así que podría decirse que el blog ha alcanzado su madurez.

Y ya que ha salido el HAARP, vamos con la reflexión de cada cumpleaños de este blog: Hay mucha gente que está convencida de que existen determinadas conspiraciones orquestadas por gente y gobiernos muy poderosos, para hacer cosas terribles ocultando la verdad al pueblo. No sólo el mencionado HAARP, sino que hay gente que piensa que el hombre nunca llego a la Luna (y los alunizajes fueron un montaje), que los atentados del 11 S fueron orquestados por el propio gobierno americano, que las estelas de condensación de los aviones a reacción son en realidad experimentos en los que fumigan a la población con productos químicos, y muchas otras. Generalmente, los «creyentes» en estas teorías conspiratorias utilizan determinados elementos como pruebas, y rechazan cualquier otra evidencia que esté en su contra, por muy definitiva que sea. Aquello que está de acuerdo con su teoría es una prueba irrefutable, y aquello que no lo está es una prueba manipulada. Aquél que contradiga sus tesis, o ha sido engañado y hay que ayudarle a ver la verdad, o es un manipulador que forma parte de la conspiración.

¿En qué se diferencia esto de una religión? Pues la verdad es que en poco. La única diferencia que veo es que los teóricos de la conspiración intentan argumentar en base a «pruebas», cosa que no hacen las religiones. Pero cuanto se rebaten sus argumentos y se demuestra que sus pruebas son erróneas o irrelevantes, siguen creyendo lo mismo. Se trata entonces, igual que en la religión, de una cuestión de fe, y no de pruebas.

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