viernes, enero 23, 2009

¿Y tú qué sabes?

Hace tiempo recibí algún que otro correo, comentándome la película documental titulada «¿Y tú qué sabes?». Por fin me he decidido a verla, pero debo confesar que no he podido terminarla. Básicamente utilizan algunas ideas sobre filosofía, mecánica cuántica y el funcionamiento del cerebro, para convencerle a uno de que la realidad es una creación del cerebro, y podemos modificarla. Para ello, muchas veces recurren a razonamientos que sólo pueden calificarse como falaces: se parte de una premisa para obtener una conclusión, sin que medie un razonamiento lógico entre ellos.

Como no he visto la película en su totalidad, habrá quien piense que no debo opinar sobre la misma. Pero voy a comentar únicamente lo que he visto. Si resulta que en algún momento posterior de la peli, se rebate lo mencionado al principio de ella, agradecé que alguien lo comente.

Antes de poner de manifiesto la «mala ciencia», quisiera comentar algunos puntos positivos de la peli, que los tiene. Se menciona el famoso mito de la caverna de Platón, que ciertamente es interesante. Todo lo que conocemos del mundo que nos rodea, es información percibida por nuestros sentidos. En este sentido, no podemos saber si vivimos en el mundo real, o todo es una ilusión de nuestros sentidos. ¿Quién no ha visto Matrix? No es la única ni la primera en tratar este tema, pero seguramente es la más conocida.

También se hace una explicación sencilla y entendible de algunos aspectos de la mecánica cuántica, mediante la metáfora de una cancha de baloncesto «mágica». Así, se expone el concepto de superposición cuántica, y se menciona el hecho de que a nivel subatómico, no hay contacto físico. Cuando tocamos un objeto con la mano, en realidad ninguno de nuestros átomos toca ningún átomo del objeto.

Y ahora vayamos al grano. Se menciona el problema que comenté hace una semana del colapso de a función de onda mediante la observación. Recapitulemos: la función de onda es nuestra herramienta matemática para modelar el estado de un sistema de partículas subatómicas. Pero este modelo no nos proporciona un único estado, sino múltiples estados, con distintas probabilidades. Pese a todo, cuando se realiza una observación del sistema, éste aparece ante nosotros con un único estado, de todos los posibles. A esto se le llama colapso de la función de onda. Según el documental, es la «conciencia» del observador lo que provoca este colapso. Antes, el sistema existía en varios estados, pero nuestra conciencia lo ha modificado, forzándole a estar en un único estado. Y como nuestra conciencia es la responsable, eso quiere decir que podemos alterar la realidad, e incluso podríamos llegar a hacerlo voluntariamente.

Veamos, el colapso de la función de onda es algo que de momento tiene varias interpretaciones. Como comenté en el envío de la semana pasada, puede que la superposición de estados se deba a la limitación de nuestro modelo, o que sólo podemos determinar probabilidades en un universo no determinista, o que ciertamente haya multiples estados que se colapsen al interactuar con un sistema externo (el observador). Pero en este último caso, la propuesta de que la causa del colapso de onda sea la «conciencia» del observador, independientemente de que suene más a metafísica que a física, creo que es fácilmente rebatible. Cuando se realiza una observación de un sistema de partículas subatómicas, en realidad no hay una persona consciente «mirando» directamente el experimento. Imaginad, por ejemplo, los experimentos en un acelerador de partículas. ¿Creéis que los datos los toma un señor asomandose por un ventanuco y observando el experimento con sus propios ojos? Más bien no ¿verdad? Las mediciones las realizan diversos aparatos detectores, cuyos datos son registrados y posteriormente analizados por ordenadores. El observador es una máquina. Y a menos que queramos otorgar conciencia a esas máquinas, la propuesta no se sostiene.

Antes de que alguien mencione al gato de Schrödinger como argumento, explicaré que la supuesta paradoja no es tal. Se trata únicamente de un experimento imaginario y pedagógico, sobre lo «rara» que puede ser la mecánica cuántica. Para el que no haya oído hablar del gato, lo resumiré rápidamente. Tenemos una caja cerrada, con un gato dentro (inicialmente vivo), una botella cerrada con gas venenoso, un dispositivo que abre o rompe la botella, un detector de partículas y un único átomo de algún elemento radiactivo. Este átomo, tiene una probabilidad de desintegrarse durante un periodo de tiempo, del 50%. Y al desinterarse, emite una partícula. Si el detector de partículas detecta esa partícula, abre o rompe la botella, liberando el gas, y matando al pobre gato. Según la superposición cuántica, el átomo está en ambos estados a la vez, por lo que el sistema completo está en dos estados a la vez, y el gato, no está ni vivo ni muerto, sino ambas cosas a la vez. Sólo cuando abrimos la caja, al realizar la observación, la fucnión de onda se colapsa y aparece un único estado, revelando si el gato está vivo o muerto. ¿Extraño? ¿Paradójico? Realmente no. El detector de partículas realiza mediciones. Es el observador que colapsa la función de onda. Así que, independientemente de que no lo sepamos hasta que abramos la caja, el gato o está vivo, o está muerto. Y podemos afirmar de que hay un 50% de probabilidades de que esté vivo y otro 50% de que esté muerto.

En la película se mencionan un par de estudios (bueno, imagino que más, pero como ya digo, no la vi entera), que se supone demuestran la idea de que nuestra mente crea la realidad que nos rodea. En uno de ellos, se examinaba el cerebro de varios sujetos con un escaner. Resulta que al experimentar algo, se activaban ciertas regiones del cerebro, y luego, al pedir que recordasen esa experiencia, se activaban las mismas regiones. Así que sacan como conclusión que el cerebro no es capaz de diferenciar entre lo que experimentamos en el momento, y lo que recordamos.

Bueno, no soy neurólogo, pero imagino que no es descabellado pensar que esa coincidencia se debe a que lo que recordamos, lo hemos memorizado previamente. Y que esas zonas deben tener que ver con el funcionamiento de nuestra memoria. Como informático, no puedo evitar pensar en el funcionamiento de un disco duro. Al grabar un fichero, el disco gira y los cabezales se desplazan, modificando el magnetismo de un sector (o sectores) concretos del disco. Al recuperar el fichero, el disco gira y los cabezales se desplazan, detectando el magnetismo de los mismos sectores donde habíamos guardado el fichero (lógico ¿no?). ¿Significa esto que un disco duro no es capaz de diferenciar entre lecturas y escrituras?

Por otro lado, la afirmación de que el cerebro no es capaz de distinguir entre la experiencia del momento y el recuerdo, es algo fácilmente rebatible de forma empírica. ¿Hay alguien leyendo esto que no sepa distinguir entre un recuerdo y lo que está experimentando en ese momento? Realicemos un sencillo experimento. Recordad alguna apetitosda comida que hayáis realizado (en mi caso, unos huevos fritos con chorizo y patatas al montón). Evocad su recuerdo con todo detalle. Relajáos y deteneos a recordarlo completamente. El sabor, el olor, la textura, la sensación de la comida siendo tragada... ¿Os habéis saciado? ¿O más bien os ha entrado hambre, como a mí (ahora mataría por unos huevos fritos con chorizo...)?

El otro estudio se refiere a un experimento realizado en Washington DC. Parece ser que seleccionaron a 4.000 personas para que meditasen durante ese tiempo, dando como resultado una disminución de crimenes en un 25%. Bueno, seguro que hay otras explicaciones, como el efecto mariposa en un sistema tan complejo y caótico como una ciudad, o el simple azar (habría que repetir el experimento varias veces, para asegurar una relación). Pero es que según he podido comprobar en algunos sitios ([1] y [2]) esa disminución de un 25% nunca ocurrió. Es más, parece ser que el año en cuestión fue especialmente «delictivo» en Washington DC.

Durante la película se nos dice varias veces que la realidad la crea nuestro cerebro, y que podríamos crearla a nuestro antojo, pero que estamos condicionados desde pequeños para recrear la misma realidad cada mañana. No sé vosotros, pero la evidencia empírica de la que dispongo me dice que eso no es así. Recuerdo como anécdota graciosa, que de pequeño intentaba mover objetos con «La Fuerza», y no lo conseguía (cosas de niños, claro, pero se supone que es cuando uno está menos condicionado). Además, si creara la misma realidad cada mañana, no habría imprevistos en mi vida. No se retrasaría el tren un día sin motivo. No tropezaría con un adoquín. No encendería la tele para ver mi serie favorita y descubrir que han hecho contraprogramación y han puesto algo que no me gusta nada. No recibiría malas noticias. Y sólo estoy mencionando pequeños inconvenientes. Hay gente por ahí con problemas realmente graves. Hay hambre, guerras, enfermedades... ¿la gente que sufre estos males lo hace porque quiere?

Esta afirmación tiene además un problema: no es falsable. Desde el momento en el que se dice que no creamos la realidad a nuestro gusto porque estamos condicionados, cualquier experimento que hagamos que contradiga la teoría, siempre tendrá como contestación que ha fracasado porque estamos condicionados. Y una teoría no falsable, por definición, no es una teoría científica. Fijáos además que si alguna vez, un experimento parece concordar con la teoría, será un éxito y una demostración de su validez (aunque sea por puro azar), mientras que el resto de experimentos que la contradicen, será por culpa de nuestro condicionamiento. Tenemos una forma de mostrar los aciertos como demostraciones, y los fracasos también.

Me está quedando un artículo demasiado extenso (y encima sin imágenes, que animen un poco la cosa), pero no quiero terminar sin comentar otra cosa que creo contradice la base de todo el asunto. Nos cuentan una historia (leyenda, más bien, ya que el propio narrador dice algo así como «me gusta creer que es cierta») sobre los indígenas americanos y la llegada de los conquistadores españoles. Según esta historia, los indígenas no podían ver los navíos que se acercaban, puesto que nunca habían visto un barco, y no formaba parte de su conocimiento. Sólo el chamán de la tribu era capaz de percibir algo extraño en el agua, y tras días de observación, al asimilar la nueva información, pudo ver los barcos. Entonces lo comunicó al resto de la tribu, y como confiaban en el chamán, también pudieron ver los barcos.

Creo que es evidente la falsedad de esta historia. Cualquiera de nosotros se ha enfrentado a lo largo de su vida a algo desconocido o nunca visto, y seguramente no era «invisible» para él. Y cualquiera puede comprobarlo fácilmente. Pedid a algún amigo que os enseñe algún objeto que no sepáis qué es (bueno, puede que no sea tan fácil encontrar algo así), y que os lo enseñe. Estoy seguro de que por muy desconocido que sea, lo veréis. Y es que una característica así (no poder percibir lo desconocido) es una lacra evolutiva tan grande que de ser cierto, hace mucho que nos habríamos extinguido. Imaginad que aparece un depredador nuevo, y que no podemos verlo. Malo ¿verdad?

Y como he dicho antes, la misma idea contradice lo demás. Si los barcos aparecieron ante los indígenas, y era algo tan desconocido para ellos que no podían percibirlo, entonces ciertamente no los crearon ellos. No podemos crear la realidad cotidiana a nuestro antojo.

Bueno, no sé cuantos habréis podido llegar hasta aquí. Demasiado largo, pero no he podido acortarlo.

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