Ultrasonidos asesinos
Hace tiempo alguien comentó en este blog que nunca hablaba de series o películas españolas. Bueno, puede que con la serie "Motivos Personales" la cosa cambie. No sigo la serie, pero el martes vi un trozo en el que iban a entrevistar a un experto en crímenes, o algo así, al que intentan electrocutar. Tal vez un día hable sobre la realidad del agua y la electricidad, pero hoy me voy a quedar con algo mucho mejor. Tras el frustrado intento de homicidio, el experto comenta uno de los casos que investigó: una persona a la que asesinaron mediante ondas de sonido. Según él, utilizando ondas sonoras de "miles de Megahercios" (sic), se producen efectos tan desagradables como el que los ojos exploten.
Lo primero que llama la atención es el énfasis en que se trataba de ondas de miles de MHz, es decir, del orden de GHz. Bueno, ¿y qué? La frecuencia de un sonido no determina que sea dañino o no. De hecho, en medicina se utilizan ultrasonidos entre 2 y 13 MHz para las famosas ecografías (para hacernos una idea, el oído humano sólo puede captar sonidos entre 20 Hz y 20 KHz). El aumentar la frecuencia hasta varios GHz lo único que permite es aumentar la resolución de la imágen generada, hasta llegar a niveles microscópicos (para observar células mediante ultrasonidos, por ejemplo).
El sonido puede quebrar materiales, y existen tratamientos para las piedras de riñón, que las desmenuzan mediante ultrasonidos, pero eso tiene más que ver con la intensidad. El mismo rango de frecuencias que se utlizan en las ecografías, puede utilizarse para las mencionadas piedras de riñón. La diferencia está en la intensidad y en cómo de concentrado está el sonido. Un ejemplo más drástico sería el sonido que producen los aviones a reacción.
La intensidad del sonido no se mide en hercios, sino en decibelios (dB). Esta unidad es un tanto peculiar, ya que no es lineal, sino logarítmica. ¿Y eso qué quiere decir? Básicamente que si multiplicamos o dividimos el valor de la unidad por un número, no estamos obteniendo la intensidad de sonido multiplicada o dividida por ese número. Para hacernos una idea, un aumento de 3 dB supone multiplicar por dos la intensidad de sonido. Por ejemplo, un sonido de 13 dB tiene el doble de intensidad que uno de 10 dB. ¿Y por qué se hace así? Pues porque nuestro oído percibe así las cosas. Normalmente, la mínima diferencia de intensidad sonora que puede percibir un oído es de 3 dB. Es decir, debe duplicarse la intensidad de sonido para que notemos que ha aumentado.
Aumentar la intensidad de sonido sí puede ser dañino. A 150 dB, el cuerpo humano comienza a surir daños. A 165 dB, los cristales de las ventanas se rompen. A 190 dB los tímpanos revientan. Una intensidad superior a 200 dB puede incluso llegar a ser letal (podéis ver una tabla completa con ejemplos en la Wikipedia).
Pero el aumento de la frecuencia es irrelevante. Es una elevada intensidad de sonido lo que puede resultar peligroso.






